Periodista Mamarazzi

Mamá flamenco

Convertirte en madre es, de alguna manera, parirte también a ti misma. Es como atravesar un parto interno, lleno de contracciones emocionales y transformaciones dolorosas. En el espejo, te enfrentas a una nueva figura que te desafía a reconocerte desde una mirada completamente distinta.

La maternidad, más que el simple acto de dar vida implica también dejar morir antiguas versiones de ti misma, atravesar múltiples duelos internos que luego te permitan un renacimiento personal en esa necesidad de encontrar un equilibrio entre lo que eras antes y lo que eres ahora.

Hace poco leí que los flamencos pierden su distintivo color rosa durante la crianza, y de repente me sentí profundamente identificada. Las madres experimentamos una pérdida momentánea de identidad, una transformación interna que, aunque llena de amor, a menudo nos estremece desde la nostalgia de lo que nos resultaba familiar.

El soltar nunca ha sido fácil para nosotros, los seres humanos. El dejar ir nos cuesta, y dejar ir una parte nuestra, decir adiós a lo que éramos, es un acto de valentía que también sacude nuestras fibras más vulnerables. Pero es un acto necesario para abrazar con fuerza lo que nos espera: una nueva vida, una nueva identidad que se fusiona con las experiencias pasadas para crear una versión más sabia y fuerte de nosotras mismas.

En este viaje, nos damos cuenta de que la maternidad nos invita a un renacimiento continuo. Es un proceso de constante transformación, de aprender a equilibrar lo que éramos con lo que somos, de celebrar la persona que fuimos y la que estamos destinadas a ser.

La maternidad como renacimiento continuo

La experiencia de convertirse en madre nos sumerge en un viaje de autodescubrimiento profundo. A medida que dejamos ir la piel antigua, nos encontramos navegando en aguas desconocidas mientras cada tormenta nos sacude el bote y amenaza con la soledad de un naufragio interno que nos convierte en islas aisladas, sostenidas por un mar de ojeras cada vez más profundas.

Los primeros días pueden parecer una neblina de nuevas responsabilidades y cambios hormonales. Es un período de ajuste, donde la antigua rutina se desvanece ante la llegada de una vida completamente nueva. En el espejo, nos encontramos con ojos que reflejan la fatiga y la dicha de un amor recién descubierto.

A medida que el tiempo avanza, aprendemos a integrar la maternidad en nuestra identidad renovada, aunque no siempre es un camino lineal y a veces retornamos al punto de partida, con tantas primeras veces vestidas de inexperiencias y dudas.

Descubrimos una fuerza que no sabíamos que teníamos, una paciencia que se cultiva con cada noche en vela y una capacidad de amar que no tiene límites. El dolor del parto interno se convierte en una fuerza motriz que nos impulsa hacia adelante.

Esa analogía con los flamencos que pierden temporalmente el color rosa para alimentar a sus crías, nos enseña que la pérdida momentánea de identidad no es un debilitamiento, sino una transformación. Al igual que estos elegantes pájaros recuperan su brillo, nosotras también encontramos nuestra luz de una manera completamente nueva.

El renacimiento continúa a medida que nuestros hijos crecen. Descubrimos nuevos aspectos de nosotras mismas, nos adaptamos a diferentes etapas de la crianza y aprendemos a equilibrar el cuidado de nuestros hijos con el autocuidado, aunque esto último muchas veces no se logra del todo y se vuelve otra cuenta pendiente, otra raya en el tigre de la culpa que nos ataca en cada paso.

La maternidad se convierte en una danza entre lo que éramos y lo que estamos destinadas a ser, entre el amor incondicional y el crecimiento personal; y cada paso nos lleva al baile de nuestras vidas.

Sanar nuestras propias heridas mientras criamos

La maternidad no solo implica el cuidado físico y emocional de nuestros hijos, sino que también desencadena un proceso de sanación personal. A medida que criamos, nos encontramos con nuestras propias heridas de la infancia, desempolvando recuerdos y enfrentándonos a emociones que quizás habíamos olvidado, o evitábamos sentir.

La crianza nos invita a una confrontación directa con los monstruos internos que nos han atormentado desde nuestra infancia. Es un acto de valentía enfrentarse a estas sombras que han estado acechando en las profundidades de nuestro ser. Cada episodio de la crianza, cada situación desafiante, nos devuelve a estos rincones oscuros que habíamos tratado de evitar.

Mirar directamente a estos monstruos internos es una tarea ardua, y muchas veces dolorosa. Incluso podemos sentirnos desbordadas, sin herramientas suficientes para hacerles frente. Esos recuerdos, esas experiencias pasadas, pueden parecer gigantes imbatibles que se interponen en nuestro camino hacia una crianza tranquila y serena.

Este viaje de sanación puede resultar agotador. A veces nos vemos lidiando con emociones que creíamos superadas, reviviendo episodios que supuestamente estábamos olvidados. Criar a nuestros hijos nos enfrenta cara a cara con nuestras propias vulnerabilidades, y al mismo tiempo, nos brinda la oportunidad de sanar esas heridas internas que llevamos mucho tiempo cargando.

Las noches sin dormir y las demandas constantes de la crianza pueden exacerbar este proceso, llevándonos al límite de nuestras capacidades físicas y emocionales. Es un desafío equilibrar el cuidado de nuestros hijos con el autocuidado mientras enfrentamos y procesamos nuestras propias experiencias de vida.

Sin embargo, el agotamiento también es parte del viaje de sanación. A medida que caminamos por este sendero desafiante, descubrimos una fortaleza interna que nos sorprende. Cada lágrima derramada y cada situación difícil nos acercan un paso más a la curación. En esos momentos, encontramos oportunidades para abordar, comprender y sanar nuestras heridas internas, permitiéndonos crecer y evolucionar en el proceso.

Al criar a nuestros hijos, nos convertimos en sus guías y protectores, pero también en sus alumnos. Aprendemos de ellos tanto como ellos aprenden de nosotros. Aprendemos a manejar el estrés, a enfrentar el miedo y a lidiar con la incertidumbre.

La crianza nos empuja a abordar nuestras heridas internas, afrontarlas y finalmente liberarlas. Aunque agotador, este viaje es una oportunidad para crecer, sanar y transformarnos en versiones más completas y empoderadas de nosotras mismas, mientras desmantelamos esos monstruos internos que nos lastimaron tanto.

Salud mental: sanar desde dentro

El viaje de la crianza, con sus desafíos y recompensas, nos recuerda la importancia de priorizar nuestra salud mental. Es un viaje donde nos enfrentamos a nuestras propias sombras, pero también nos ofrece una oportunidad única para sanar y evolucionar.

Cuidar nuestra salud mental no solo es una responsabilidad, sino un acto de amor propio y hacia nuestros hijos. Es reconocer que, para criarlos de la mejor manera posible, debemos primero cuidarnos a nosotras mismas.

La mapaternidad nos empuja a una búsqueda constante de equilibrio, a reinventarnos y a adaptarnos en cada etapa del desarrollo de nuestros hijos. Es un proceso dinámico de aprendizaje, de aceptar nuestras vulnerabilidades y aprender a manejarlas con compasión y resiliencia.

En este camino, la sanación se convierte en una herramienta poderosa. A medida que sanamos nuestras heridas, estamos mejor equipados para guiar y apoyar a nuestros hijos en su propio crecimiento emocional.

Cuidar nuestra salud mental como padres no solo nos beneficia a nosotros mismos, sino que modela un camino valioso para nuestros hijos. Les enseñamos la importancia de la autoaceptación, la adaptabilidad y el amor propio en un mundo que a menudo desafía nuestra fortaleza interior.

La crianza es un viaje de autodescubrimiento continuo. Al cuidar nuestra salud mental, sanamos, evolucionamos y nos reinventamos, no solo como padres, sino como seres humanos comprometidos en hacer lo mejor posible por el bienestar de nuestras familias.

Como un regalo para todos aquellos padres que transitan este camino, acá les dejo un cuento que pueden leer esta noche junto a sus pequeños. La historia nos enseña a cuidar también de nosotros, para ofrecer a nuestros hijos un amor pleno y comprensivo…

El baúl de los recuerdos mágicos

En un rincón especial del mundo, existía un cofre mágico llamado «El Baúl de los Recuerdos». Dentro de él, se guardaban los corazones de todos los padres y madres del universo. Estos corazones eran como cristales delicados que contenían los recuerdos más preciosos y también las heridas más profundas.

Cada vez que un padre o una madre enfrentaba una situación desafiante en su crianza, una pequeña luz brillaba en el baúl. Esta luz representaba la experiencia que estaban viviendo, no importaba si era de alegría, tristeza o preocupación.

Un día, una madre agobiada por los altibajos de la vida descubrió el Baúl de los Recuerdos. Al abrirlo, vio destellos de luz reflejados en los recuerdos que habían marcado su corazón. Algunos eran recuerdos de risas y momentos felices, pero también encontró los recuerdos más difíciles, aquellos que habían dejado huellas profundas en su ser.

Con cuidado, comenzó a ordenar los recuerdos. Tomó los momentos felices y los colocó cerca de su corazón, dejando que su luz brillara más intensamente. Los recuerdos dolorosos los colocó en un rincón apartado del baúl, reconociendo su existencia, pero sin permitirles opacar su luz interior.

Al ordenar sus recuerdos, descubrió que cuidar de su corazón era esencial para criar a sus hijos con amor y comprensión. Descubrió que cada experiencia, fuese buena o mala, formaba parte de su viaje como madre. Sanar sus heridas emocionales le permitió abrazar con más fuerza la belleza de los momentos felices y enfrentar con valentía los desafíos cotidianos.

El Baúl de los Recuerdos se convirtió en su refugio cuando se sentía abrumada o necesitaba paz, un lugar donde recordar la importancia de cuidar su bienestar emocional. Aprendió que, al cuidar su propio corazón, podía ofrecer a sus hijos un hogar lleno de amor.

Sol en periodistamamarazzi

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