Periodista Mamarazzi

Cómo queda el amor luego de ser padres

Después de la mapaternidad, todo cambia, especialmente el amor como lo conocíamos hasta ese momento. Los desayunos románticos ahora se hacen con dos pequeños madrugadores que nos obligan a tomar el café frío.

Los maratones de películas y series se transforman en videos infantiles que en realidad nadie ve, pero son la música de nuestras tardes.

Los días transcurren en una sala que está llena de cazuelas, mientras que en la cocina sobran juguetes y en el clóset se acumula la ropa sin acomodar. La mesita que antes estaba llena de adornos, ahora tiene biberones, pañales y calcetines sucios.

La mapaternidad te obliga a soñar despierta porque casi no hay chance de dormir. Te das cuenta que pasó el día y no te peinaste, que te cambiaste de ropa casi a la hora del baño y que dejaste en pausa esa historia que llevas semanas escribiendo. Le tomas cariño a las ojeras porque detrás de ellas se esconden cuentos, canciones y sueños pendientes. De repente, miras a tu copiloto en este loco viaje y lo ves con las mismas ojeras que tú tienes y esos ojitos cansados llenos de preocupaciones.

Sin embargo, todavía mantiene esa sonrisa hermosa que te enamoró incluso antes de conocerlo.

Y piensas en la complicidad, en las noches de colchones en el piso, en los días de disfraces, y en las tardes de restaurante en casa.

Recuerdas ese beso furtivo por la madrugada, las piernas entrelazadas con unos pies pequeños encima, los detalles que no necesitan un catorce de febrero, las carcajadas después de una travesura, el apoyo luego de ver que el mundo se tambalea un poco.

Así te das cuenta que el amor ahora es diferente, es mucho mejor, se ha multiplicado, se ha expandido a una dimensión desconocida que no siempre es feliz, pero te ha obligado a salir de tu zona de confort, a reinventarte y a reconstruir tu identidad con las nuevas piezas que llegan después de los hijos.

Miras a tus dos pequeños y a papá que juega con ellos para que tú puedas escribir, y te sientes afortunada. Ya casi no hay tiempo para hacer ejercicios, ver una película, pasear solos los dos, pero los cuatro juntos es toda la felicidad necesaria.

A veces, cuando se puede, muy pocas veces en realidad, salimos un rato a caminar o nos sentamos a la orilla de la playa con un café y mil proyectos pendientes. Conversamos en las noches más tranquilas casi en un susurro para no despertar a los niños, y planeamos los lugares que añoramos visitar. Porque ahora somos mamá y papá, pero siempre seremos también esos dos desconocidos que un día apostamos todo por el amor.

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